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¿Los medios digitales podrán algún día sustituir a los libros?

Mucho se ha hablado sobre la digitalización de varios contenidos utilizados o consumidos en nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, la música, los videojuegos y las fotografías se han transformado en simulaciones digitales para dejar a un lado el disco, el cartucho y los rollos respectivamente. En los libros no es la excepción, la influencia de los medios digitales ha causado la transformación en la forma del libro y los hábitos de lectura.

¿Qué es un libro?

Esto ha desatado polémica alrededor de la supuesta muerte del libro ante la llegada de la tecnología digital. Sin embargo, lo que se vive en sí es una readaptación de medios donde el libro se ve involucrado. La tecnología siempre causó furor; desde la invención de la escritura en tablillas de barro hasta la llegada de la imprenta han influenciado tanto las maneras de recepción lectora como la concepción del libro.

No podemos dejar de apuntalar el hecho de que el libro al digitalizarse no deja de ser libro. Lo sigue constituyendo su estructura simbiótica. En otras palabras, el libro es más que ideas y textualidad, su dimensión no se limita a palabras impresas o digitales. Está conformado de lo que Genette[1] denominaba paratexto, el cual está dividido en peritexto (títulos, índices, prefacios, etc.) y epitexto (entrevistas, reseñas, críticas, diarios, etc.). Son conjuntos característicos de un libro.

Un libro, por lo tanto, no está definido por su soporte (tablillas de barros, pergamino, papel, computadora, tableta, etc.), sino por su significado construido a partir de diversos sentidos. Si bien, en la digitalización se perdieron ciertas características materiales como el papel, el lomo o la portadilla, la edición de libros digitales no elude la importancia de la tipografía, la caja, las imágenes, notas, introducciones, índices y demás elementos determinativos del libro.

El libro como medio digital

Una vez aclarado la conceptualización del libro, podemos inferir que la influencia de los medios digitales, al avanzar con gran velocidad, produjo cambios en la materialidad y la forma del libro, su fisionomía de papel y tinta. Este desplazamiento más allá de sustituir al libro lo está dimensionando con mucha más fuerza.

Actualmente, se editan libros con contenidos multimedia, ejemplo de ello es la editorial infantil LuaBooks,[2] que se caracteriza por sus libros impresos con realidad aumentada o aplicaciones gratuitas para leer sus historias. La lectura se ha diversificado a tal grado de poder concebir dichos contenidos multimedia como textualidades complementarias de la narración principal.

El libro no deja de ser un medio de información, conocimiento o entretenimiento, su contenido se virtualiza al igual que el resto de los medios digitales y masifica tanto su recepción como su importancia en el transcurso de la historia de la humanidad.

Con esto, la preferencia es una mera subjetividad, la gente seguirá leyendo libros y al mismo tiempo podrá acceder a plataformas que le permitan adquirir información o entretenimiento. Una sustituirá a la otra; así como antes había televisión, radio, periódicos, libros, revistas, y un sinfín de medios permisibles a las necesidades e intereses de diferentes sectores, en la actualidad todos ellos coexisten en un solo espacio: Internet.

Impreso o digital

Sobre una inclinación hegemónica de lectura entre el papel y la pantalla, no hay datos precisos, no se puede asegurar con aplomo cual tiene más público. Es cierto que muchas librerías han cerrado o quebrado, pero la causa principal es el mercado globalizado de las industrias que han dominado los contenidos multimedia y han facilitado el acceso a los mismos; principalmente Google, Amazon y Apple. Pero las dos siguen preponderando ante las expectativas idealistas o pesimistas.

Se puede decir que los más apegados a esta tecnología digital son sin duda las nuevas generaciones, quienes crecen con estos medios, mientras los más grandes tienden a resistirse y prefieren aún los medios impresos o físicos. De todas formas, más allá de las preferencias debe surgir una reflexión más flexible sobre la influencia de los medios digitales: dejarlos de ver como el enemigo número uno de la cultura escrita, sino como el portal donde el libro, más allá de destruirse, se transforma para crecer y permanecer, donde lo tradicional y lo moderno convergen.

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